Paredes
2:30 am y sigo esperando con los ojos entreabiertos esa figura paterna. Había hecho algo trascendental esa mañana, algo que para ese momento consideraba épico e innombrable dentro de las pocas palabras que podía pronunciar. Sentía en el ambiente el aroma a menta por el balsámico en el pecho, ese que se impregnaba cada noche desde hacía unos días atrás cuando había enfermado nuevamente de asma. No recuerdo muy bien la época, la fecha o los años que tenía para entonces. Pero aún no olvido el inmenso espacio que había entre las cuatro paredes que nos brindaba de un techo en la ciudad capital, o bueno, eso era lo que dentro de mi pequeño espacio infantil percibía. Soñaba aún con el momento de repetir la hazaña de montar la bicicleta verde de mi hermana mayor. Sigo sin saber quiénes eran las personas que vivían frente a esos pequeños cuartos de arrendamiento y que fueron al final los que me enseñaron a andar en birula.
Despertar entre lágrimas fue algo que aprendí a sobrellevar años después. La gratuidad de un destino que me deja en la posición en la que estoy ahora, merece más que un profundo agradecimiento a la vida. Soy y vengo del sacrificio de una madre abnegada que se dedicó a cambiar el destino que había y seguía teniendo para que nosotros tuviéramos otro.
Abrir los ojos y observar el vaivén de las sombras que producía la figura paterna que tanto ansiaba ver, esas sombras que eran producidas por una pequeña lámpara vieja y desgastada igual que el concepto familiar que tenía él. Ese olor a aguardiente y los interminables gritos que salían por la agonía de vivir como había vivido y refugiar sus recuerdos en la hipnotizante sensación de ebriedad.
La desesperanza de buscar resguardo cerrando los ojos para poder soñar en otra realidad se volvió un estilo de vida. Todo eso mientras esperaba que naciera el sol para emprender de nuevo ese viaje clandestino hacia la inocente imaginación que te provee la infancia.
La verdad es que esos recuerdos no son del todo claros. Esas inmensas cuatro paredes resultaron ser un pequeño cuarto que mis padres alquilaban en el municipio de Mixco. Allá por la brigada viví mis primeros años entre un patio de tierra y un viejo Ford descompuesto. Ese que rutinariamente nos servicia para jugar a la "camioneta.," o como regularmente lo nombraban los estadounidenses con los que trabajé hace dos años, “Chicken Bus”.
Como podría avanzar sin antes regresar para observar ese yo perdido por el tiempo. Sigo varado en la capital de país vislumbrando el porvenir de los siguientes meses y del porque se hace necesario ser un viajero. Emprender marcha fue una idea repentina que nació tras una plática con mi “cuaz” (el colocho mayor) mientras que estudiábamos medicina. Años después de planificar y ansiar emprender partida nunca lo llevamos a cabo.
Ahora que decidí regresar a esas cuatro paredes me pierdo entre otras más grades, cercos metálicos que cierran los pequeños callejones para que la gente se siente más segura pese a que te asaltan a media cuadra o en la misma puerta de las rejas. Nunca encontré el cuarto porque desapareció tras la construcción de viviendas más grandes. Todo ese olor a pobreza ahora huele a una fúnebre inseguridad.


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